La tienda que era el alma del barrio Había una pequeña tienda de barrio, de esas que desde fuera parecen poca cosa, pero que por dentro guardan media vida del vecindario. El local era estrecho. Tan estrecho que, si entraban dos clientes a la vez, casi había que ponerse de acuerdo para saber quién avanzaba primero. Entre cajas, estanterías, bolsas y productos colocados hasta donde parecía imposible, quien atendía había desarrollado una habilidad especial para moverse por allí. Siempre aparecía alguna broma: —¡Cuidado, que como respiremos todos a la vez vamos a tener que ampliar el local! Y las risas no tardaban en llegar. En aquellas cuatro paredes había un poco de todo: fruta, verduras, bebidas, conservas, pan, productos de limpieza y esas cosas que uno descubre que necesita justo cuando todo lo demás está cerrado. Pero lo mejor de aquella tienda no estaba en las estanterías. Estaba detrás del mostrador. Estaba en el trato. La gente mayor entraba a comprar un par ...
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