El día no pasa. Pasas tú.


Deja de decir que el tiempo se te escapa. El tiempo no se escapa: tú lo gastas. El día no pasa, pasas tú. Y la noche no viene a castigarte ni a consolarte. Viene a pasarte lista.
Si has caminado con coherencia, en la oscuridad reconoces el mismo camino que hiciste a la luz. Si no, te la pegas contra tus propias paredes y le llamas "mala racha" a lo que es ceguera. Mírate de una vez. No te preguntes qué te ha hecho la vida; pregúntate qué has consentido tú. Cada paso deja huella, y al final del día eres la suma de los pasos que no tuviste huevos de deshacer. Llamas destino a tu costumbre y mala suerte a tu dejadez. Y los cabrones que te rodean, que los hay, te aplauden, porque un tipo que se justifica es un tipo cómodo.
Ahora te pones filosófico. Dices que quizá todo sea mentira, que la verdad no es más que el sueño de una mente sola. Muy bien. Escucha. Aunque el mundo fuera una sombra, tu palabra no lo sería. Aunque nadie quedara para recordarte, quedarías tú, delante de ti mismo, mientras vivas. ¿A quién le va a importar cuando no estés? A nadie. Y precisamente por eso importa ahora. Lo que no va a durar fuera de ti tiene que estar bien hecho por dentro, como una pared que nadie va a ver pero que sostiene la casa entera.
Y si resulta que ni siquiera existes, si solo eres un nombre que la gente pronuncia hasta que el olvido lo apaga, con más razón. Existe de verdad, aunque sea un solo día. No el que marca el sol: el que eliges tú. Vive de tal manera que, cuando llegue la noche, no le tengas miedo a la oscuridad. La luz ya la habrás encendido tú.

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