El cuervo sombra y la tormenta.

 

Fábula

El cuervo sombra y la tormenta

La lluvia se lleva lo que no cubriste. La rabia se lleva lo que todavía podías hacer.

La tormenta pasa. Lo que no pasa es quién decides ser mientras la aguantas.

Había un burro que odiaba el cielo. Si había nubes, rebuznaba. Si hacía sol, también. Vivía con las orejas gachas, esperando la hostia, y casi siempre la encontraba, porque quien espera desgracias las ve hasta donde no las hay.

Un día lo pilló una tormenta de las gordas camino del mercado. El burro se plantó en mitad del camino a rebuznarle al cielo, a cocear el barro, a exigirle a la lluvia que parase. La lluvia no le hizo ni caso. Cuando escampó, la mitad de la carga estaba echada a perder y él estaba hundido hasta las rodillas, ronco y sin fuerzas.

Desde la rama de un olivo seco, un cuervo negro como el alquitrán lo observaba sin moverse. Lo llamaban el Cuervo Sombra, porque aparecía siempre que alguien estaba a punto de ver su propia oscuridad.

—Qué mala suerte la mía —lloriqueó el burro—. ¡Nos ha jodido el día!

—A ti no te lo ha jodido el cielo —graznó el cuervo—. Te lo has jodido tú. Mira tu carga: ni la cubriste ni elegiste otro camino. Eso era tuyo y no lo hiciste. La tormenta nunca fue tuya, y le has dedicado toda tu rabia. Has perdido dos cargas: la del lomo y la de la cabeza. La primera te la quitó la lluvia. La segunda te la quitaste tú, rebuznándole a quien no te oye.

—¿Y tú qué sabes, pajarraco? —saltó el burro.

—Sé que llevo toda la vida mirando desde arriba cómo os rompéis la cabeza contra el clima —dijo el cuervo, sacudiéndose el agua de las alas—. Y que la tormenta pasa. Lo que no pasa es quién decides ser mientras la aguantas.

El burro miró su carga empapada y entendió algo que le escoció más que la pérdida: la lluvia se había llevado la mercancía, pero lo demás se lo había llevado él solito.

Moraleja. No gastes fuerzas discutiendo con lo que no puedes cambiar. Lo único tuyo es lo que haces con lo que te pasa. Lo demás es clima.

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