El hombre que guardaba los días

Un cuento inspirado en la carta primera de Séneca a Lucilio, sobre el uso del tiempo.

¿Cuántas veces has dejado algo importante para cuando tengas tiempo? Este cuento nace de una pregunta que atraviesa la primera carta de Séneca: ¿qué estamos haciendo con los días que nos pertenecen?

El cajón de los días pendientes

Cada mañana, Julián escribía la fecha en una hoja y la colocaba sobre su mesa.

Debajo apuntaba lo que quería hacer aquel día. Casi siempre eran cosas sencillas: caminar junto al río, comer sin prisas, visitar a su amigo Nicolás o empezar el libro que llevaba meses esperando en la estantería.

Después abría la puerta de su taller.

Y empezaban a llegar los demás.

—Julián, hazme esto, que tú tardas poco.

—Necesito que vengas conmigo.

—Mira que eres el único que puede ayudarme.

Algunos necesitaban ayuda de verdad. Otros se habían acostumbrado a que Julián dejara lo suyo para resolverles la vida.

Él atendía a todos. Le costaba decir que no.

Cuando por fin se quedaba solo, a veces estaba demasiado cansado para hacer lo que había escrito. Se sentaba un momento, se entretenía mirando el teléfono y, al levantar la cabeza, ya había oscurecido.

Entonces doblaba la hoja y la guardaba en un cajón.

—Mañana tendré más tiempo.

Lo decía con la tranquilidad de quien tiene dinero reservado en el banco.

Una visita al taller

Una tarde llegó Nicolás al taller.

Se conocían desde jóvenes. Antes paseaban juntos todos los jueves, pero llevaban meses sin hacerlo.

—Vengo a buscarte —dijo—. Hace buena tarde.

Julián señaló las herramientas.

—Hoy imposible. Tengo que terminar todo esto.

Nicolás miró alrededor.

—El jueves pasado también había cosas.

—Y el que viene habrá más. Ya sabes cómo es esto.

Su amigo se sentó junto a la mesa mientras Julián buscaba una pieza. Al abrir el cajón, varias hojas cayeron al suelo.

Nicolás recogió una.

—«Pasear con Nicolás» —leyó.

Julián sonrió.

—Para que veas que me acuerdo de ti.

Pero su amigo no se rio. Había visto la fecha.

Aquella hoja tenía casi un año.

Recogieron las demás. En algunas aparecía el paseo. En otras, una comida, una visita, una tarde libre.

—¿Por qué las guardas? —preguntó Nicolás.

—No sé. Son cosas que tengo pendientes.

Nicolás ordenó los papeles y los dejó sobre la mesa.

—Las cosas, sí. Los días ya han pasado.

Julián siguió buscando la pieza, aunque ahora había olvidado cuál necesitaba.

Las cuentas que nunca había hecho

Aquella noche abrió el cajón.

Sacó todas las hojas y empezó a leerlas.

Algunas le trajeron recuerdos precisos. Aquel martes había acompañado a un vecino a recoger un mueble. El viernes siguiente había trabajado hasta tarde para entregar un encargo que su dueño no vino a buscar hasta dos semanas después.

De otros días no recordaba nada.

Eso le inquietó más.

Había fechas enteras de su vida de las que no podía decir dónde habían ido a parar.

Su mujer lo encontró sentado ante el montón de papeles.

—¿Qué buscas?

—Estoy haciendo cuentas.

Ella miró las hojas.

—¿Del taller?

Julián tardó en contestar.

—Mías.

Se había pasado años vigilando los gastos. Comparaba precios, comprobaba las vueltas y reclamaba cualquier cobro equivocado.

Sin embargo, había entregado tardes enteras por no pasar el mal rato de negarse. Había perdido mañanas preocupándose por cosas que nunca llegaron a ocurrir. Y muchas noches se le habían escapado sin hacer nada que hubiera elegido de verdad.

También había días bien gastados: cuidando a su mujer cuando estuvo enferma, enseñando el oficio a un muchacho, ayudando a Nicolás durante una mudanza.

Esos los recordaba con gusto.

Siguió separando las hojas hasta encontrar una de cuando sus hijos eran pequeños.

La sostuvo un buen rato.

Aquellos niños ya no existían. Ahora eran adultos que venían a visitarlo. Él tampoco era el hombre que había escrito aquella fecha.

Hasta entonces había pensado en la muerte como algo que lo esperaba muy lejos, al final del camino. Esa noche comprendió que una parte de su vida ya había terminado: todos aquellos años que no podría volver a tocar.

Cerró el cajón, pero dejó fuera la hoja del día siguiente.

A las seis, junto al río

Por la mañana escribió la fecha.

Debajo puso:

«A las seis, paseo con Nicolás».

A media tarde apareció un cliente con un encargo.

—Lo necesito para mañana.

Julián lo examinó.

—Puedo tenerlo el martes.

—Pero si esto es poca cosa.

Estuvo a punto de responder lo de siempre: «Bueno, déjalo, ya me apaño».

Miró el reloj.

—El martes —repitió.

El cliente resopló un poco. Después dejó el encargo y se marchó.

El mundo siguió funcionando.

A las seis, Julián cerró el taller.

Encontró a Nicolás junto al río, sentado en un banco.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

Empezaron a caminar. Hablaron de sus hijos, de una rodilla que a Nicolás le daba guerra y de un viejo conocido que había abierto una tienda donde antes estaba el cine.

Al llegar al puente, Julián se detuvo para mirar el agua.

—He desperdiciado mucho tiempo.

Nicolás permaneció a su lado.

—¿Quieres que sigamos?

Julián respiró hondo.

—Sí. Hasta el molino.

La hoja de hoy

Desde entonces no consiguió vivir todos los días como quería.

Hubo urgencias, cansancio y jornadas que volvieron a escapársele. A veces tuvo que atender a otros. A veces descubrió que el responsable había sido él.

Pero dejó de guardar las hojas como si fueran días pendientes de recuperar.

Cada mañana escribía la fecha y elegía algo para lo que quería estar presente.

Una noche, al volver del taller, su mujer le preguntó:

—¿Has terminado todo?

Julián dejó las llaves sobre la mesa.

—No.

Ella esperó, acostumbrada a verlo regresar a trabajar.

Pero él acercó una silla y se sentó a su lado.

—Cuéntame cómo te ha ido hoy.

El Blog de Pepe · Relato original inspirado en la carta I de Séneca. No es una traducción de la carta.