¿Por qué existimos? El sentido de la vida según el existencialismo y el estoicismo

 


¿POR QUÉ EXISTIMOS? LAS PREGUNTAS QUE LA VIDA NO NOS DEJA IGNORAR

Una reflexión sobre la existencia, la razón, el sentido de la vida y la filosofía estoica.

Por Pepe Miranda | El Blog de Pepe


La pregunta que todos nos hacemos alguna vez

¿Por qué existimos?

Parece una pregunta sencilla. Tres palabras que cualquiera puede pronunciar, pero que ni los filósofos más brillantes de la historia han conseguido responder de forma definitiva.

¿Para qué estamos aquí? ¿Tenemos una misión? ¿Existe un propósito detrás de nuestra existencia o simplemente nacemos, vivimos y desaparecemos?

Y todavía hay una pregunta que me parece más interesante:

¿Por qué nuestra mente necesita hacerse estas preguntas?

Porque podríamos limitarnos a vivir, como tantos otros seres vivos. Comer, dormir, sobrevivir y reproducirnos.

Pero no. Nosotros necesitamos buscar explicaciones. Queremos entender de dónde venimos, qué hacemos aquí y qué ocurre cuando todo termina.

Y esa necesidad de encontrar respuestas es, posiblemente, una de las características más extraordinarias del ser humano.

La mente humana: una máquina de buscar respuestas

Nuestra mente tiene una particularidad curiosa: no se conforma con saber que algo sucede. También quiere saber por qué.

Observamos el universo y nos preguntamos quién lo creó.

Contemplamos la muerte y nos preguntamos qué habrá después.

Miramos nuestra propia vida y nos preguntamos si estamos haciendo lo correcto.

Lo curioso es que muchas veces buscamos respuestas a preguntas que quizá no tengan una respuesta definitiva.

Y aun así seguimos buscando.

Tal vez nuestra grandeza no esté en conocer todas las respuestas, sino en ser capaces de formular las preguntas.

Aunque también existe una trampa.

Podemos pasarnos toda la vida preguntándonos para qué hemos venido al mundo y olvidarnos de vivir mientras intentamos averiguarlo.

El existencialismo: nadie puede vivir tu vida por ti

Los filósofos existencialistas plantearon una idea que, personalmente, considero muy interesante.

Tal vez no nacemos con un destino escrito.

Tal vez nuestra existencia no trae un manual de instrucciones ni una finalidad determinada de antemano.

Filósofos como Jean-Paul Sartre defendieron que el ser humano construye su identidad mediante sus decisiones.

Dicho de una manera más sencilla:

Primero existimos. Después, con nuestras decisiones, vamos construyendo lo que somos.

No somos únicamente lo que nos ha ocurrido.

También somos lo que decidimos hacer con aquello que nos ha ocurrido.

Y aquí aparece una cuestión importante: si nuestras decisiones contribuyen a construir nuestra vida, también tenemos una responsabilidad sobre ella.

No podemos elegirlo todo. Nadie decide dónde nace, quiénes serán sus padres o qué dificultades encontrará.

Pero sí podemos intentar elegir cómo responder a muchas de esas circunstancias.

Y precisamente ahí es donde el existencialismo encuentra un interesante punto de contacto con otra escuela filosófica.

Los estoicos: deja de preguntarte tanto y empieza a vivir

Hace aproximadamente dos mil años, filósofos como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio reflexionaron sobre muchas de estas inquietudes.

Pero los estoicos tenían un enfoque especialmente práctico.

No pretendían resolver todos los misterios del universo antes de desayunar.

Su preocupación principal era otra:

¿Cómo podemos vivir bien en un mundo que no controlamos?

Epicteto enseñaba que debemos distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no.

No podemos controlar el pasado.

No podemos controlar las decisiones de los demás.

No podemos impedir que la vida cambie inesperadamente.

Pero podemos trabajar nuestra manera de pensar, nuestras decisiones y nuestra conducta.

Esto no significa que todo dependa de nuestra voluntad. Significa que conviene dedicar nuestras energías a aquello sobre lo que realmente podemos actuar.

Séneca también nos recordó algo fundamental: el tiempo es uno de nuestros bienes más valiosos.

Y, sin embargo, lo desperdiciamos como si fuera infinito.

Nos preocupamos por lo que todavía no ha ocurrido, lamentamos lo que ya pasó y dejamos escapar lo único que tenemos delante: el presente.

¿Y si estamos buscando la respuesta equivocada?

Imaginemos que una persona dedica toda su vida a encontrar el sentido de su existencia.

Lee cientos de libros, escucha conferencias, busca explicaciones religiosas, científicas y filosóficas.

Y cuando llega a la vejez descubre que, mientras buscaba el significado de vivir, apenas había disfrutado de su propia vida.

Sería una paradoja tremenda.

Como pasarse treinta años estudiando el funcionamiento de una bicicleta sin llegar a montarse nunca en ella.

Por eso creo que deberíamos cambiar ligeramente la pregunta.

En lugar de preguntarnos constantemente:

¿Para qué existo?

Quizá deberíamos preguntarnos:

¿Qué estoy haciendo con el tiempo que me ha tocado existir?

Porque la primera pregunta puede acompañarnos toda la vida sin encontrar una respuesta definitiva.

La segunda, en cambio, podemos empezar a responderla esta misma mañana.

Mi reflexión personal

Con los años he llegado a pensar que muchas personas vivimos demasiado pendientes de explicaciones que quizá nunca lleguen.

Queremos entender por qué nos suceden determinadas cosas, por qué algunas personas nos decepcionan, por qué la vida parece injusta o por qué nuestros planes terminan torciéndose.

Y hay algo que cuesta aceptar:

La vida no siempre ofrece explicaciones.

A veces simplemente suceden cosas.

Un negocio termina.

Una relación cambia.

Una persona querida desaparece.

Un proyecto fracasa.

Y nosotros nos quedamos preguntando: ¿por qué?

Pero quizá la pregunta que puede ayudarnos a seguir adelante no sea por qué ocurrió, sino qué podemos hacer ahora.

No se trata de resignarse ni de justificar las injusticias. Se trata de impedir que aquello que ya ocurrió nos robe también el futuro.

El pasado puede explicarnos de dónde venimos, pero no tiene por qué decidir hacia dónde vamos.

La respuesta quizá esté en la propia vida

No sé si nuestra existencia tiene una finalidad universal.

No sé si hay un destino escrito esperando a que lo descubramos.

Y tampoco creo que nadie pueda demostrar con absoluta certeza cuál es el sentido último de nuestra vida.

Pero sí tengo una convicción.

Una vida adquiere significado a través de lo que hacemos con ella.

En lo que aprendemos.

En las personas a las que ayudamos.

En nuestra capacidad de levantarnos después de una caída.

En las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa.

En la tranquilidad de acostarnos sabiendo que, con nuestros errores y limitaciones, hemos intentado actuar de acuerdo con nuestros principios.

Quizá no exista una única respuesta válida para todos.

Quizá cada persona tenga que construir la suya.

Y puede que eso no sea un defecto de la existencia, sino precisamente una de sus mayores posibilidades.

Para terminar

La filosofía no tiene por qué ofrecernos una respuesta definitiva a todas nuestras preguntas.

Su utilidad también consiste en enseñarnos a pensar mejor, a cuestionar nuestras certezas y a vivir de una manera más consciente.

El existencialismo nos invita a asumir nuestra libertad y nuestra responsabilidad.

El estoicismo nos recuerda que no controlamos todo cuanto nos sucede, pero que podemos trabajar nuestra respuesta ante ello.

Y ambas perspectivas pueden ayudarnos a comprender algo esencial:

No necesitamos conocer todos los secretos de la existencia para intentar vivir una vida que merezca la pena.

Porque mientras seguimos preguntándonos por qué estamos aquí, el tiempo continúa pasando.

Y ese tiempo, amigo mío, no se detiene para esperar nuestra respuesta.

Tal vez la pregunta más importante no sea por qué existimos, sino si estamos aprovechando de verdad nuestra existencia.


Pepe Miranda

El Blog de Pepe — Reflexiones sobre la vida, la mente y la filosofía.

¿Y tú qué piensas? ¿Crees que nacemos con un propósito o que somos nosotros quienes damos sentido a nuestra vida? Te leo en los comentarios.

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