Como pensamos, así vivimos

James Allen (1903) — Traducción nueva al español contemporáneo y lenguaje sin género para El Blog de Pepe

La mente es la fuerza que modela y construye; somos pensamiento y, una y otra vez, tomamos esa herramienta para dar forma a lo que queremos. De ella nacen alegrías y sufrimientos. Pensamos en silencio y algo de ello acaba manifestándose: el entorno es, en parte, un espejo de nuestra vida interior.

Nota editorial. Esta edición conserva el recorrido y las ideas del texto original de 1903, con vocabulario más actual y formulaciones inclusivas sin masculino genérico. Las afirmaciones de Allen sobre la enfermedad, la pobreza o el destino expresan su filosofía histórica, no verdades científicas ni una invitación a culpar a quien sufre. Las circunstancias no dependen al cien por cien de una persona; sí podemos trabajar en la manera de responder a ellas.

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Este pequeño libro, nacido de la meditación y de la experiencia, no pretende ser un tratado exhaustivo sobre un tema del que tanto se ha escrito: el poder del pensamiento. Busca sugerir más que explicar. Su propósito es animar a cada persona a descubrir y reconocer una verdad:

«Participamos en nuestra propia formación».

Lo hacemos mediante los pensamientos que escogemos y alimentamos. La mente teje tanto la vestidura interior del carácter como la exterior de las circunstancias. Y así como hasta hoy podemos haber tejido entre la ignorancia y el dolor, también podemos empezar a hacerlo con mayor comprensión y felicidad.

James Allen
Broad Park Avenue, Ilfracombe, Inglaterra.

1. Pensamiento y carácter

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La antigua sentencia «Tal como se piensa en lo profundo del corazón, así se es» abarca la totalidad de la persona y se extiende a las distintas situaciones de la vida. Según este principio, somos, en gran medida, aquello que pensamos, y nuestro carácter se compone de los pensamientos que mantenemos.

Así como una planta nace de una semilla y no existiría sin ella, los actos nacen de semillas ocultas de pensamiento. Esto es válido tanto para lo que llamamos acciones espontáneas e improvisadas como para las que realizamos deliberadamente.

La acción es la flor del pensamiento; la alegría y el sufrimiento, sus frutos. De este modo recogemos frutos dulces y amargos del cultivo de nuestra propia mente.

El pensamiento nos ha formado; con él se ha construido lo que somos. Si la mente alberga pensamientos dañinos, el dolor sigue sus pasos como la rueda sigue al animal que tira del carro. Pero cuando perseveramos en la limpieza de intención, la alegría acompaña como una sombra fiel.

Para Allen, el carácter se desarrolla conforme a leyes de causa y efecto, no por un artificio repentino. Un carácter noble no sería un premio del azar, sino el resultado de insistir en pensamientos rectos y elevar durante mucho tiempo la mirada. Del mismo modo, los hábitos de pensamiento mezquinos terminan afectando negativamente a la conducta.

Cada persona puede contribuir a construirse o perjudicarse. En el taller del pensamiento se forjan tanto las armas que hieren como las herramientas capaces de levantar una vida de alegría, fortaleza y paz. El pensamiento, bien orientado y puesto en práctica, puede acercarnos a una mayor excelencia moral; mal utilizado, puede conducir a una conducta destructiva. Entre ambos extremos se despliegan los distintos grados del carácter.

Entre las grandes verdades acerca de la vida interior, pocas resultan tan esperanzadoras como la posibilidad de aprender a dirigir el pensamiento, formar el carácter y participar en la transformación de la propia existencia.

Como seres capaces de comprender, amar y actuar, poseemos recursos interiores para cambiar nuestra relación con las circunstancias. No tenemos la llave de todos los acontecimientos, pero sí herramientas importantes para responder a ellos y transformarnos.

Incluso cuando una persona atraviesa una etapa de abandono o debilidad, conserva cierta capacidad de decisión, aunque no siempre sepa ejercerla. Cuando comienza a examinar su situación y a buscar las reglas que rigen sus pensamientos, aprende a dirigir mejor sus fuerzas y a orientarlas hacia resultados útiles. Este dominio consciente nace de la práctica, del autoexamen y de la experiencia.

El oro y los diamantes se encuentran cavando y buscando con paciencia. Del mismo modo, para descubrir las verdades de nuestra vida interior hace falta profundizar. Podemos observar nuestros pensamientos, corregirlos y rastrear los efectos que producen en nuestra conducta, en las relaciones y en nuestro día a día. Incluso las experiencias aparentemente insignificantes pueden servir para conocernos mejor. Esa tarea conduce a la comprensión, la sabiduría y una mayor fortaleza. Aquí se cumple el antiguo principio: «Quien busca, encuentra; a quien llama, se le abre». Solo la paciencia, la práctica y una búsqueda perseverante permiten atravesar la puerta del conocimiento.

2. Cómo influyen los pensamientos en las circunstancias

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Podemos comparar la mente con un jardín. Es posible cultivarlo con atención o abandonarlo a su suerte; en ambos casos, algo crecerá. Si no sembramos plantas útiles, las malas hierbas encontrarán un terreno donde extenderse.

Quien cuida un jardín elimina las hierbas que lo invaden y ayuda a crecer a las flores y los frutos que desea. De manera parecida podemos observar la mente, apartar pensamientos perjudiciales o estériles y fortalecer aquellos que nos llevan a actuar con justicia y sensatez. Con el tiempo comprendemos mejor las fuerzas interiores que contribuyen a nuestro carácter y al modo en que afrontamos lo que sucede.

El pensamiento y el carácter están íntimamente unidos; y el carácter se manifiesta en la forma de actuar ante el entorno. Allen sostenía que nuestras circunstancias exteriores guardan relación con nuestro estado interior. Esto no significa que una situación particular permita juzgar toda la personalidad de alguien: las vidas son demasiado complejas para reducirlas a una sola explicación.

En el pensamiento original de Allen, cada persona se encuentra donde está conforme a una ley interior; sus ideas, convertidas en carácter, la habrían llevado hasta allí. El autor lleva esta afirmación tan lejos que apenas deja espacio al azar. Leída hoy, conviene distinguir su propuesta filosófica de la realidad: la posición social, la suerte, la salud y las decisiones ajenas también cuentan.

Allen presenta la vida como un proceso de aprendizaje y crecimiento. Las circunstancias, en su visión, ofrecen lecciones que, una vez comprendidas, dejan paso a otras nuevas.

Mientras nos consideramos simples criaturas de cuanto ocurre fuera, podemos sentirnos a merced de cada acontecimiento. Cuando reconocemos que tenemos alguna capacidad creativa y que podemos trabajar en las semillas de nuestra conducta, empezamos a recuperar el gobierno de nuestras respuestas.

Quien haya practicado durante un tiempo la observación y la disciplina personal habrá notado que ciertos cambios de pensamiento pueden transformar hábitos, relaciones y oportunidades. Allen describe una correspondencia casi exacta entre estado mental y circunstancias; en la vida real esa relación existe, pero no es automática ni garantiza un resultado.

El alma, dice el autor, tiende hacia aquello que alberga en secreto: lo que ama y también lo que teme. Puede elevarse con sus aspiraciones o quedar atrapada en deseos que no ha aprendido a dominar. Las circunstancias serían el terreno donde esas tendencias llegan a manifestarse.

Cada pensamiento que plantamos o dejamos arraigar en la mente puede florecer en una acción y producir consecuencias. Los pensamientos constructivos favorecen frutos valiosos; los destructivos pueden orientar hacia decisiones perjudiciales.

El mundo exterior y la vida interior se influyen mutuamente. Para Allen, tanto las experiencias agradables como las difíciles contribuyen finalmente al aprendizaje. Podemos extraer enseñanzas de la alegría y del sufrimiento, aunque no todo sufrimiento tenga una finalidad ni deba considerarse necesario.

Al seguir nuestros deseos, ideales y pensamientos dominantes, acabamos orientando nuestras decisiones hacia algún destino. Podemos perseguir fantasías pasajeras o avanzar con constancia por un camino exigente. En esa dirección se hacen visibles, con el paso del tiempo, nuestras aspiraciones y nuestros hábitos.

Allen afirma que nadie termina en la miseria o en prisión por simple fatalidad, sino por una sucesión de pensamientos y deseos degradantes. También sostiene que una acción delictiva no nace de golpe por la presión externa, sino de ideas incubadas durante mucho tiempo. Su conclusión es que las circunstancias revelan el carácter más que crearlo. Hoy sabemos que esta explicación resulta insuficiente para comprender la pobreza, la violencia, la desigualdad o el delito, aunque la reflexión sobre hábitos y decisiones conserve valor.

Según el autor, no atraemos sencillamente lo que queremos, sino aquello en lo que nos convertimos. Las fantasías y ambiciones pueden frustrarse, mientras las inclinaciones profundas encuentran ocasiones de expresarse. Pensamiento y acción pueden convertirse en cadenas o en instrumentos de libertad. Los deseos solo dan frutos cuando se acompañan de una conducta coherente.

¿Qué significa, entonces, luchar contra las circunstancias? A veces significa rebelarse contra un efecto externo mientras alimentamos, sin advertirlo, alguna de sus causas en nuestra conducta. Puede tratarse de un hábito consciente o de una debilidad que apenas reconocemos. En tales casos conviene examinar qué podemos cambiar en lugar de repetir sin descanso la misma queja.

Hay quien desea mejorar su situación sin modificar ningún hábito. Allen considera que esa contradicción mantiene a la persona inmóvil. Los proyectos importantes suelen exigir sacrificios y esfuerzo sostenido; incluso cuando la meta es material, el compromiso resulta necesario. Y más aún si lo que buscamos es una vida firme y equilibrada.

Imaginemos, como hace el autor, a una persona que vive en la pobreza y desea mejores condiciones en su hogar, pero descuida el trabajo y justifica el engaño a quien la emplea porque considera insuficiente su salario. Allen utiliza este ejemplo para hablar de incoherencia entre fines y medios. No debe deducirse de él que la pobreza sea causada por falta de voluntad: lo que se examina es una conducta concreta.

Pensemos ahora en alguien con recursos económicos que padece una dolencia agravada por hábitos alimentarios perjudiciales. Puede gastar grandes cantidades en tratamientos y, aun así, negarse a modificar costumbres que le hacen daño. El ejemplo subraya que desear un resultado no equivale a adoptar las medidas que lo favorecen.

Consideremos también a quien dirige una empresa y recurre a maniobras injustas para pagar menos de lo debido a la plantilla, buscando aumentar beneficios. Si termina perdiendo reputación y patrimonio, puede culpar a la mala suerte sin reconocer las consecuencias de sus actos.

Estos tres casos ilustran una idea: en ocasiones, mientras perseguimos una meta valiosa, alimentamos comportamientos que la contradicen. Podrían ofrecerse muchos ejemplos semejantes. La propuesta del autor consiste en observar, con atención y honestidad, los vínculos entre la conducta y sus efectos, sin conformarse con explicaciones superficiales.

Las circunstancias, sin embargo, son extraordinariamente complejas. El pensamiento está profundamente arraigado y las condiciones de felicidad varían de una persona a otra. Nadie puede juzgar toda una vida mirando solo la situación externa. Es posible actuar con honradez y padecer privaciones; también es posible comportarse de manera deshonesta y reunir riquezas. Sería superficial afirmar que una persona fracasa por ser honrada y otra prospera por ser deshonesta. Una conducta no resume la totalidad del carácter.

Nos agrada pensar que sufrimos precisamente por nuestras virtudes. Allen invita a examinar también los defectos propios antes de sacar esa conclusión. Su visión supone una ley moral universal que distribuye resultados justos según el carácter. Podemos recibir esta imagen como una exigencia de autoexamen sin convertirla en una explicación literal de todas las desgracias.

Los buenos pensamientos y actos, afirma, producen resultados buenos; los malos, malos. Lo compara con una semilla de cereal, de la que brota cereal, y una ortiga, de la que crecen ortigas. En la naturaleza estas relaciones pueden observarse; en la vida moral, las consecuencias son más complejas y no siempre inmediatas.

Allen llega a decir que el sufrimiento es siempre consecuencia de algún pensamiento equivocado y que desaparece cuando la persona alcanza la pureza interior. Es una afirmación histórica del libro, no una realidad comprobada. Ninguna persona merece una enfermedad, una pérdida o una injusticia por pensar de determinada manera. Sí es razonable reconocer que algunas formas de pensar pueden añadir malestar o aliviar una parte de nuestra respuesta emocional.

En su exposición, los acontecimientos dolorosos surgirían de una desarmonía interior y los felices, de una mente en equilibrio. También insiste en que la riqueza no demuestra felicidad y la pobreza no excluye la paz. Un patrimonio abundante puede coexistir con una vida miserable, y una existencia modesta puede contener dignidad y alegría.

Allen describe la indigencia y el exceso como dos extremos de la desdicha y presenta la salud, la felicidad y la prosperidad como resultado de una armonía entre la persona y el entorno. Leída desde el presente, esta idea puede inspirar la búsqueda de equilibrio, pero no debe usarse para negar las condiciones materiales que afectan al bienestar.

La transformación comienza, escribe, cuando dejamos de limitarnos a protestar y buscamos comprender nuestra propia vida. En lugar de atribuir toda dificultad a otras personas, podemos fortalecer hábitos nobles y utilizar aquello que sí está en nuestras manos como un medio de crecimiento.

Para el autor, el universo se rige por leyes y por una justicia profunda. Cree que, al rectificar el propio pensamiento, el mundo responde de manera correspondiente. Hoy podemos leer esta afirmación como una invitación a cambiar nuestras relaciones y comportamientos, sin esperar que el universo recompense automáticamente cada esfuerzo.

La prueba, propone, está en la observación de uno mismo. Los pensamientos repetidos tienden a convertirse en hábitos, y los hábitos pueden influir sobre nuestras circunstancias. La hostilidad favorece conductas agresivas; el miedo constante puede alimentar la indecisión; la pereza puede llevar al descuido; el egoísmo puede deteriorar vínculos. Por otro lado, la bondad promueve gestos amables; la templanza, mayor autocontrol; la valentía, decisiones más firmes; la dedicación, mejores posibilidades; y el afecto generoso, relaciones más sólidas. No se trata de destinos inevitables, sino de tendencias sobre las que podemos trabajar.

Persistir durante años en una manera de pensar deja huellas en el carácter y, con frecuencia, también en la conducta. No podemos elegir directamente muchas de nuestras circunstancias, pero podemos revisar nuestras ideas y, mediante las decisiones que tomamos, intervenir en una parte de ellas.

La naturaleza, según Allen, ofrece ocasiones para que salgan a la superficie las inclinaciones que más alimentamos. Unas oportunidades dejan ver nuestras mejores cualidades; otras hacen visibles las que necesitamos corregir.

El autor imagina que, al abandonar pensamientos destructivos, el mundo entero se volverá más amable, y que al cultivar pensamientos elevados aparecerán oportunidades por todas partes. Conviene recibir esa imagen como un estímulo, no como una promesa. El mundo, concluye, es un caleidoscopio: los colores que vemos cambian en parte con el movimiento de nuestra mirada.

Sé aquello que aspiras a ser; no dejes que el fracaso encuentre refugio en la palabra «entorno». El espíritu se rebela y busca libertad. Aspira a dominar el tiempo y el espacio, a desafiar la aparente casualidad y a no inclinarse sin lucha ante las circunstancias. La voluntad humana, invisible y persistente, puede abrir caminos incluso frente a muros de granito. No te impacientes con la demora: persevera con la serenidad de quien comprende.

3. Pensamiento, salud y cuerpo

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Allen describe el cuerpo como servidor de la mente: responde tanto a pensamientos elegidos como a reacciones automáticas. En su lenguaje, las ideas perjudiciales conducen al deterioro y las alegres favorecen una apariencia vital. Esta relación expresa su visión de 1903 y debe leerse teniendo presente que la salud depende de factores biológicos, sociales y ambientales, además de los psicológicos.

El autor sostiene que la salud y la enfermedad tienen su origen en el pensamiento; afirma que el miedo puede destruir la salud y que la preocupación debilita el organismo. Es cierto que el estrés y la ansiedad pueden afectar al bienestar, pero sería incorrecto concluir que pensar mal causa por sí solo una enfermedad o que el optimismo garantiza curación.

Los pensamientos serenos, bondadosos y esperanzados, continúa, pueden favorecer una vida más equilibrada. El cuerpo es sensible a nuestras experiencias: los hábitos mentales pueden influir en el descanso, la tensión y las decisiones de autocuidado, aunque nunca explican por completo el estado de salud.

En un lenguaje moral propio de su época, Allen asocia la «pureza» de los pensamientos con la limpieza del cuerpo y de la sangre. La imagen de una fuente limpia que alimenta una vida limpia pretende destacar la relación entre la mente y las acciones. No debe confundirse con una afirmación médica sobre la sangre o las infecciones.

El autor asegura que cambiar la alimentación no sirve de mucho si no cambian también las ideas, porque una mente ordenada tenderá a escoger mejor lo que consume. La enseñanza útil consiste en que los hábitos saludables requieren decisiones sostenidas, no únicamente buenas intenciones.

También afirma que los pensamientos limpios producen costumbres limpias y se burla de una supuesta santidad que descuida la higiene. Su observación acerca de que una mente purificada no necesitaría temer a los microbios es errónea: la prevención, la higiene y la atención sanitaria siguen siendo necesarias.

Si deseas cuidar el cuerpo, presta atención también a la mente, propone. La malicia, la envidia, el desaliento y el resentimiento pueden reflejarse en la expresión y en el ánimo. Allen incluso atribuye las arrugas a determinadas emociones, una generalización que no corresponde a lo que sabemos hoy del envejecimiento.

Recuerda haber conocido a una persona de noventa y seis años cuyo rostro irradiaba inocencia y alegría, y a otra mucho más joven cuya expresión estaba marcada por el descontento. Para él, esas diferencias expresaban sus disposiciones interiores. Más que juzgar a nadie por la apariencia, podemos leer el ejemplo como un elogio de la amabilidad.

Así como una casa necesita aire fresco y luz solar, Allen propone abrir la vida interior a la alegría, la buena voluntad y la calma. La comparación no promete salud perfecta, pero recuerda la importancia de encontrar espacio para el descanso y el afecto.

En los rostros de la vejez, escribe, hay huellas de compasión, esfuerzo, pasión y sufrimiento. Considera que quien ha vivido con rectitud puede llegar a una edad apacible como una puesta de sol. Cuenta que vio morir a una persona dedicada a la filosofía, cuya despedida fue tan tranquila como había sido su vida.

Para cerrar, presenta la alegría como un gran consuelo y la buena voluntad como remedio frente a las sombras del dolor. Vivir continuamente con hostilidad, desconfianza y envidia puede parecernos una prisión creada por nuestros propios pensamientos. Cultivar el aprecio, la paciencia y la paz hacia los demás abre, en cambio, posibilidades de serenidad.

4. Pensamiento y propósito

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Mientras el pensamiento no se vincula con un propósito, sostiene Allen, difícilmente produce una realización consciente. Muchas personas dejan que sus ideas vayan a la deriva como una embarcación sin rumbo. Quien desea evitar esa dispersión necesita aprender a orientar su energía.

Cuando falta un propósito central, las pequeñas preocupaciones, los miedos y la autocompasión pueden ocupar demasiado espacio. El autor considera que esa ausencia de dirección favorece el fracaso y la infelicidad. Podemos matizarlo: hay etapas de incertidumbre inevitables, pero contar con una orientación suele ayudarnos a elegir.

Conviene definir una finalidad legítima y convertirla en punto de referencia. Puede ser un ideal espiritual o una meta concreta de la vida cotidiana. Lo importante es dirigir hacia ella la atención y no dispersarla continuamente en fantasías pasajeras. Aunque aparezcan fracasos, la disciplina adquirida puede ser un logro en sí mismo y servir de punto de partida para nuevos intentos.

Quien todavía no tenga una gran meta puede comenzar por cumplir con cuidado las tareas del día. Ninguna labor es demasiado pequeña para practicar la concentración, la responsabilidad y la constancia. Así se reúne la fuerza que luego permite afrontar desafíos mayores.

Incluso quien se siente con pocas fuerzas puede desarrollarlas mediante esfuerzo y práctica. Un paso sostenido tras otro, con paciencia, produce cambios. La fortaleza no aparece de golpe: se ejercita.

Del mismo modo que una condición física frágil puede mejorar con entrenamiento adecuado, ciertas capacidades mentales se fortalecen mediante la atención, el aprendizaje y la práctica de pensamientos más útiles.

Dejar atrás la dispersión y empezar a pensar con una finalidad es unirse a quienes ven en los tropiezos una parte del camino. En vez de rendirse ante la primera dificultad, buscan recursos, aprenden y vuelven a intentarlo.

Una vez elegido un propósito, aconseja Allen, hay que trazar un camino claro y evitar que la duda o el miedo lo deshagan. En su formulación, estos sentimientos impiden cualquier avance. Hoy podemos expresarlo con más precisión: sentir miedo o incertidumbre es normal; lo importante es que no decidan por completo nuestra conducta.

La voluntad de actuar crece cuando descubrimos que tenemos alguna capacidad real para hacerlo. La duda, si se alimenta sin medida, puede paralizar; si se examina con inteligencia, también puede protegernos de errores.

Quien aprende a afrontar el temor y a tolerar la incertidumbre se acerca a sus metas con mayor firmeza. Los obstáculos ya no son una sentencia, sino problemas que pueden estudiarse y, cuando sea posible, resolverse.

El pensamiento unido al propósito se convierte en una fuerza creadora. Comprenderlo permite dejar de oscilar de forma pasiva entre impulsos y emociones y comenzar a manejar con más conciencia nuestras capacidades.

5. El pensamiento en nuestros logros

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Allen comienza afirmando que todo logro y todo fracaso son consecuencia directa de los propios pensamientos. Su idea de un universo perfectamente ordenado lleva la responsabilidad individual al extremo. Esta es una de las afirmaciones que conviene leer con cuidado: nuestras decisiones importan, pero nunca actúan aisladas de las oportunidades, los recursos, la salud o las decisiones de otras personas.

Nadie puede fortalecer a otra persona únicamente desde fuera si no existe disposición a recibir ayuda, dice el autor. La colaboración puede abrir puertas, pero el aprendizaje y la práctica requieren alguna participación propia. Con todo, pedir ayuda no es debilidad y nadie tiene por qué resolverlo todo sin apoyo.

Allen recuerda que a menudo se explica la opresión culpando solo a quien oprime; también observa que algunas voces invierten esa idea y culpan a quienes la padecen. Presenta ambas posturas como equivocadas cuando se convierten en desprecio.

Su propuesta es sustituir el odio por una comprensión más profunda y una compasión que reconozca el sufrimiento. No debe confundirse esta compasión con equiparar la responsabilidad de quien ejerce la violencia con la de quien la sufre: comprender no significa justificar una injusticia.

Quien abandona el egoísmo y procura vivir con dignidad busca una libertad que no consista en dominar a otras personas ni en quedar sometido a ellas.

Elevar la calidad de nuestros pensamientos puede ayudarnos a mejorar decisiones y aspiraciones. Allen insiste en que negarse a ese esfuerzo puede mantenernos en costumbres perjudiciales.

Antes de realizar algo importante, explica, necesitamos dejar de obedecer todos los impulsos inmediatos. Si solo buscamos gratificaciones pasajeras, resulta difícil pensar con claridad, organizar proyectos o asumir responsabilidades. La capacidad de actuar con independencia exige cierta disciplina.

No hay progreso sostenido sin renunciar a algo. A veces sacrificamos tiempo libre, comodidad o deseos inmediatos para aprender, trabajar mejor o cuidar lo que valoramos. Cuanto más nobles sean nuestros fines y más responsables nuestros medios, mayor sentido tendrán los resultados.

Allen cree que el universo favorece la honradez, la generosidad y la virtud por encima de la codicia y el engaño, aunque las apariencias a veces indiquen lo contrario. Podemos conservar de esa idea un criterio ético: merece la pena actuar correctamente incluso cuando hacerlo no garantiza una recompensa.

Los logros intelectuales nacen de dedicar la atención al conocimiento, a la belleza y a la verdad. Pueden mezclarse con la vanidad o la ambición, pero requieren estudio, perseverancia y un esfuerzo que va más allá de la imagen pública.

Los logros espirituales, para Allen, proceden de aspiraciones elevadas y de una vida orientada a fines generosos. Describe a quien cultiva esas ideas como una presencia capaz de ejercer una influencia beneficiosa en su entorno.

Todo logro es, en su imagen, una corona del esfuerzo y del pensamiento. La disciplina, la resolución, la integridad y la reflexión ayudan a crecer; el descuido, la corrupción y la confusión pueden deshacer lo construido.

Incluso después de alcanzar una posición destacada, podemos perder equilibrio si dejamos que la arrogancia y el egoísmo dirijan nuestras decisiones. Haber llegado lejos no impide equivocarse después.

Las conquistas que merecen conservarse exigen vigilancia. A veces, cuando el resultado parece asegurado, bajamos la atención y volvemos a errores antiguos.

En los negocios, en el conocimiento o en la vida espiritual, Allen encuentra un elemento común: dedicar el pensamiento a una finalidad definida. Los métodos y circunstancias pueden variar, pero la orientación del esfuerzo sigue siendo importante.

Su conclusión es exigente: quien aspira a poco deberá renunciar a poco; quien desea conseguir mucho habrá de aceptar sacrificios mayores; y las aspiraciones más elevadas suelen pedir un compromiso extraordinario.

6. Visiones e ideales

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Quienes sueñan con un mundo mejor contribuyen a transformarlo. Del mismo modo que las cosas visibles se sostienen en procesos que no siempre podemos ver, la humanidad se alimenta de los ideales de quienes imaginan posibilidades nuevas. Esas visiones inspiran a otras personas y mantienen abierta la esperanza.

La música, la escultura, la pintura, la poesía, la sabiduría y las enseñanzas espirituales levantan mundos que antes no existían. Allen considera que la belleza de nuestra existencia debe mucho a quienes dedicaron su vida a crear y a pensar.

Quien guarda en su interior una visión valiosa puede convertirla en una guía. El autor recuerda los ideales de Colón, Copérnico y Buda como ejemplos de búsquedas que cambiaron el modo de comprender el mundo. Hoy también podemos reconocer que esas historias son complejas y no están libres de consecuencias contradictorias.

Cuida tus visiones y tus ideales, recomienda. Cuida la música que se mueve dentro de ti, la belleza que imaginas y los pensamientos más nobles que eres capaz de concebir. Si perseveras en ellos con acciones coherentes, pueden contribuir a construir la vida que deseas.

Allen afirma que desear equivale a obtener y aspirar equivale a lograr. Es una expresión intensa de su confianza en la voluntad. En la práctica, una aspiración no garantiza el resultado, pero sin alguna aspiración resulta difícil encontrar dirección.

Atrévete a imaginar metas elevadas, dice. La visión promete posibilidades de futuro; el ideal muestra aquello hacia lo que deseamos crecer.

Los grandes logros comenzaron alguna vez como una idea. El roble está contenido en la bellota; el ave espera en el huevo; y en las visiones más altas de la conciencia asoma una vida que todavía no ha despertado. Los sueños pueden ser semillas de realidades futuras.

Las circunstancias actuales pueden resultar difíciles, pero un ideal acompañado de esfuerzo puede abrir caminos. Allen cuenta el caso de una persona joven que trabaja muchas horas en un taller insalubre, sin apenas formación ni recursos. Aun así, sueña con aprender, con cultivar su sensibilidad y con conquistar mayor libertad. Dedica sus escasos momentos disponibles a desarrollar capacidades y aprovechar lo que tiene. Con el tiempo encuentra nuevas oportunidades, sale del taller y asume responsabilidades cada vez mayores. Sus palabras y sus acciones terminan influyendo en otras vidas. En esa historia, la visión inicial se ha convertido en realidad mediante años de dedicación.

También a ti se dirige el autor: no habla del deseo ocioso, sino de un ideal que mueve a actuar. Sostiene que tendemos hacia aquello que amamos en secreto y que el resultado de nuestros pensamientos acaba apareciendo en la vida. Aunque no todo depende de nuestra voluntad, las aspiraciones dominantes pueden influir profundamente en el rumbo que tomamos.

Allen cita a Stanton Kirkham Davis para recordar que una ocupación humilde no tiene por qué encerrar para siempre una vocación. Puedes estar llevando cuentas y descubrir, un día, que la puerta que parecía impedir tus ideales conduce a un público que escucha tus palabras. Puedes estar cuidando un rebaño y llegar hasta el taller de una gran figura del arte; con aprendizaje y perseverancia, podría llegar el momento en que ya no quede nada que enseñarte. Entonces quizá dejes atrás la sierra y el cepillo de carpintería para dedicar tus fuerzas a una tarea mayor. La imagen invita a no confundir la ocupación presente con todos los caminos posibles.

Quienes solo ven el resultado hablan de suerte, de fortuna y de casualidad. Al observar una gran riqueza, un conocimiento excepcional o una influencia valiosa, pueden pensar que todo llegó sin esfuerzo. No ven los errores, los sacrificios, las renuncias y las dificultades que hubo en el recorrido. Ven la luz de la meta, pero no el camino oscuro que llevó hasta ella.

En los asuntos humanos hay esfuerzo y hay resultados. Allen considera que la intensidad del primero determina los segundos y apenas concede espacio al azar. Nosotros podemos reconocer el valor del trabajo sin negar la suerte ni las desigualdades: el esfuerzo importa, pero no asegura una recompensa proporcional.

La visión que sostienes en la mente y el ideal que guardas en el corazón pueden convertirse en una orientación para construir tu vida. No son un destino garantizado, sino una razón para actuar.

7. Serenidad

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La calma interior es una de las joyas más hermosas de la sabiduría. Suele ser fruto de un trabajo paciente de autocontrol y de una experiencia que nos enseña a comprender mejor los movimientos de la mente.

Según Allen, cuanto más nos comprendemos, mejor podemos comprender a otras personas. Al reconocer causas, efectos y relaciones entre las cosas, disminuye la necesidad de reaccionar a cada acontecimiento con ira o inquietud. Así aprendemos a mantener cierta firmeza en medio del cambio.

Quien ha aprendido a gobernar sus reacciones se relaciona mejor con los demás. La tranquilidad inspira confianza y puede ejercer una influencia beneficiosa. Incluso en la actividad comercial, observa el autor, preferimos tratar con quien mantiene un comportamiento equilibrado y respetuoso.

Una persona serena puede parecerse a un árbol que ofrece sombra en una tierra sedienta o a una roca que protege durante la tormenta. ¿Quién no agradece una presencia tranquila, un carácter amable y una vida equilibrada? Llueva o brille el sol, esas cualidades permiten afrontar las variaciones sin perder por completo la paz. La serenidad es un fruto de la madurez y vale más que el oro, porque el dinero por sí solo no compra una conciencia en calma.

Cuántas veces vemos arruinarse momentos hermosos por explosiones de ira, resentimientos o falta de autocontrol. Allen se pregunta cuánta felicidad desperdiciamos al permitir que el temperamento gobierne nuestras relaciones. No resulta fácil encontrar un equilibrio que permanezca firme ante las provocaciones y las pérdidas.

La humanidad, escribe, se agita entre pasiones desbordadas, penas profundas, preocupación y duda. Su ideal de sabiduría consiste en aprender a orientar los pensamientos para que las tormentas interiores no decidan cada acción. No se trata de dejar de sentir, sino de no entregar toda la conducta al impulso.

Y concluye dirigiéndose a quienes viven sacudidos por las dificultades: en el océano de la vida todavía existen islas de calma, y la orilla de tus ideales sigue invitándote a avanzar. Mantén la mano sobre el timón del pensamiento. Dentro de ti descansa una capacidad de dirección que puede despertarse con práctica. El autocontrol es fortaleza; el pensamiento reflexivo, una forma de gobierno; y la calma, una forma de poder. Dile a tu corazón: «Paz. Recupera la quietud».


Nota de edición para El Blog de Pepe: traducción contemporánea y adaptación de lenguaje realizadas a partir del texto original en inglés de James Allen, «As a Man Thinketh» (1903), de dominio público. Esta edición no reproduce traducciones de terceros.