El árbol que quiso detener el viento

Un cuento sobre aquello que no podemos controlar y la libertad de elegir cómo responder.

En un pequeño pueblo, donde las casas blancas descansaban entre campos de olivos, vivía una persona que tenía la costumbre de enfadarse con todo aquello que no salía como esperaba.

Si llovía, maldecía las nubes. Si alguien incumplía una promesa, pasaba días recordando la ofensa. Si el trabajo no daba los frutos deseados, culpaba a la mala fortuna.

Una tarde, después de una jornada especialmente difícil, decidió visitar a una anciana que vivía a las afueras del pueblo.

La encontró sentada bajo un viejo olivo, contemplando cómo el viento movía sus ramas.

—Dime una cosa —preguntó—. ¿Cómo consigues estar tan tranquila cuando tantas cosas salen mal?

La anciana no respondió inmediatamente. Se inclinó, recogió una pequeña rama caída y se la mostró.

—¿Ves este árbol? Lleva más de cien años aquí. Ha conocido sequías, tormentas, inviernos crueles y veranos abrasadores. Sin embargo, sigue en pie.

—Porque tiene raíces fuertes —respondió su visitante.

—En parte. Pero observa sus ramas.

Una ráfaga de viento atravesó el campo. Las ramas del olivo se inclinaron, algunas hojas cayeron y después todo volvió a su lugar.

—¿Has visto al árbol discutir con el viento? —preguntó la anciana.

—Los árboles no discuten.

—Y, sin embargo, las personas lo hacemos constantemente. Discutimos con el pasado porque no podemos cambiarlo. Con el futuro porque no sabemos qué traerá. Con las decisiones ajenas porque no son las que habríamos tomado.

La visita guardó silencio.

—¿Entonces debo aceptar todo cuanto me ocurra?

—No. Confundes aceptar la realidad con rendirte ante ella. Si una rama enferma, cuídala. Si la tierra está seca, riégala. Si puedes proteger el árbol de una tormenta, hazlo. Pero no gastes tu vida exigiendo al viento que deje de soplar.

—¿Y si la tormenta termina derribándolo?

La anciana contempló el olivo durante unos instantes.

—Entonces habrá sucedido algo que sus raíces no pudieron impedir. No toda desgracia es consecuencia de una debilidad. A veces, incluso los árboles más fuertes caen.

Aquellas palabras sorprendieron a quien había venido buscando respuestas.

—Pero entonces, ¿de qué sirve hacerse fuerte?

—Para vivir mejor mientras estamos en pie. Para cuidar lo que merece ser cuidado. Para levantarnos cuando sea posible. Y para no añadir a cada dificultad el sufrimiento de luchar contra aquello que ya no podemos cambiar.

El sol comenzaba a ocultarse detrás de los campos.

Antes de marcharse, la visita volvió a mirar el olivo. El viento seguía soplando, pero ya no parecía un enemigo.

Aquella noche comprendió algo que ninguna de sus quejas había conseguido enseñarle.

No podía ordenar a las personas que actuaran siempre con justicia. No podía recuperar los días perdidos ni impedir todas las desgracias que pudieran llegar.

Pero podía escuchar antes de responder, pensar antes de actuar y decidir qué hacer con aquello que la vida pusiera delante.

Y eso, aunque no fuera el dominio absoluto de su destino, era una forma verdadera de libertad.


Reflexión final

Pasamos demasiada parte de nuestra existencia intentando cambiar lo que no depende de nosotros, mientras descuidamos aquello sobre lo que sí podemos trabajar.

No elegimos todas las circunstancias. Ni siquiera elegimos siempre nuestras primeras emociones. El miedo, la tristeza o la rabia pueden aparecer sin pedir permiso.

Pero entre lo que sentimos y lo que hacemos con ello existe un espacio que podemos aprender a ampliar mediante la reflexión, la paciencia y la experiencia.

La verdadera fortaleza no consiste en conseguir que la vida obedezca nuestros deseos, sino en aprender a responder con sabiduría cuando no lo hace.

Porque la serenidad no es la ausencia de tormentas.

Es aprender a vivir sin convertir cada ráfaga de viento en una guerra.

El Blog de Pepe — Reflexiones para vivir con más conciencia y libertad.