¿Qué hay de nuevo hoy?
Una reflexión sobre el tiempo, la vida y las ilusiones que confundimos con la realidad.
Pensamos que un día es solamente un día más, una jornada que se suma a todas las anteriores, como si dispusiéramos de una reserva interminable de mañanas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que, mientras vivimos, también vamos muriendo un poco. Cada amanecer nos ofrece una nueva oportunidad, pero cada anochecer se lleva consigo una parte de nuestra existencia que jamás podremos recuperar. Creemos que nos apoderamos de los días, que los administramos y que nos pertenecen, cuando en realidad son ellos los que terminan apoderándose de nosotros. Nos acostumbramos tanto a ver pasar el tiempo que olvidamos algo fundamental: el tiempo no pasa delante de nosotros, pasa a través de nosotros y se lleva nuestra vida consigo.
Creemos que somos dueños de nuestras vidas. Lo repetimos con tanta seguridad que rara vez nos preguntamos hasta qué punto es cierto. Decimos que tomamos nuestras propias decisiones, que elegimos nuestros caminos y que dirigimos nuestro destino, pero ¿cuántas de esas decisiones nacen verdaderamente de nuestra voluntad? ¿Cuántas son el resultado del miedo, de la costumbre, de las expectativas ajenas o de unas creencias que jamás nos hemos detenido a cuestionar? Nos consideramos libres mientras obedecemos pensamientos que ni siquiera sabemos de dónde proceden. Y lo más curioso es que, en ocasiones, defendemos esas cadenas como si fueran parte de nuestra identidad.
Pero ¿qué es la vida sino una experiencia que nuestra mente intenta comprender a través de unos sentidos limitados? Vemos, escuchamos, sentimos y creemos que aquello que percibimos es la realidad completa. Sin embargo, entre lo que sucede y lo que creemos que sucede existe un territorio inmenso ocupado por nuestros recuerdos, nuestras emociones, nuestros prejuicios y nuestros temores. No siempre vemos las cosas como son, sino como hemos aprendido a verlas. Y cuando una mente lleva demasiado tiempo sometida al miedo, al sufrimiento o al cansancio, puede terminar confundiendo sus propias sombras con la realidad.
Entonces, ¿qué ocurre cuando la vida que imaginamos empieza a convertirse en una pesadilla? Cuando dejamos de vivir como deseamos y comenzamos a hacerlo únicamente como creemos que debemos. Cuando cada mañana deja de representar una oportunidad y se convierte en otra obligación que soportar. Poco a poco, sin apenas advertirlo, podemos terminar acostumbrándonos a una existencia que nunca habríamos elegido conscientemente. Y lo verdaderamente inquietante no es que existan días difíciles, porque nadie puede escapar de ellos, sino que lleguemos a considerar normal vivir permanentemente atrapados en una lucha que ya ni siquiera sabemos por qué mantenemos.
Y ahora te pregunto: ¿cuánta parte de tu vida has gastado sufriendo por acontecimientos que nunca llegaron a suceder? ¿Cuántas noches has perdido imaginando desgracias que solamente existían en tu pensamiento? ¿Cuántas veces has convertido una posibilidad en una certeza, una preocupación en una amenaza y un temor en una realidad? No todo sufrimiento es imaginario, ni todas nuestras desgracias nacen de nuestra mente. La vida también golpea de verdad. Pero sería conveniente preguntarnos cuánto dolor procede de lo que nos sucede y cuánto añadimos nosotros al anticiparlo, recordarlo o interpretarlo.
Quizá nuestros sentidos no estén atrofiados, sino condicionados por una mente que lleva demasiado tiempo tratando de defenderse de peligros, reales o imaginarios. Quizá ese cuerpo cansado de tanta lucha no necesite otra batalla, sino comprender cuáles merecen verdaderamente su esfuerzo. Porque hay una diferencia enorme entre enfrentarse a las dificultades de la vida y convertir toda la vida en una dificultad. No podemos controlar cuanto nos sucede, pero tampoco estamos condenados a obedecer cada pensamiento que aparece en nuestra cabeza.
Y entonces volvemos al principio, a esa pregunta aparentemente insignificante que tantas veces hacemos sin esperar una respuesta verdadera: ¿qué hay de nuevo hoy?
Tal vez nada haya cambiado a nuestro alrededor. Quizá sigan presentes los mismos problemas, las mismas obligaciones y las mismas incertidumbres. Pero existe una posibilidad que solemos olvidar: que algo cambie en nuestra manera de mirar. Que hoy dejemos de sufrir por un mañana que todavía no existe, de combatir un pasado que ya no podemos modificar y de malgastar el único tiempo sobre el que realmente podemos actuar.
Porque un día no es solamente un día más. Es una parte de nuestra vida que no volverá.
Y si vamos a perderla de todos modos, al menos procuremos no desperdiciarla viviendo una pesadilla que nosotros mismos seguimos alimentando.
El Blog de Pepe
Reflexiones para quienes todavía se atreven a cuestionar lo que creen saber.


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